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23 de febrero de 2009

CALLES


Son calles tan estrechas que hacen que el sol se agache humilde y que tenga que entrar en ellas con el sigilo de un gato. Calles que se protegen, como un regazo, del viento que acecha en aquellos lugares donde desembocan, ríos lentos de piedra en los que se mira el hombre y que arrastran su edad y sus afectos. Los desconchados de sus casas heredaron otros y cuando se remocen de nuevo las fachadas, no tardará en llegar la misma desavenencia con lo que no puede perdurar siempre. Hay un pálpito todavía de quienes ya se fueron, de quienes utilizaron sus moradas para las de su vida. Los muros, por eso, se entretienen con la pelliza del musgo que habita y conversa con lo pequeño, lo que se nos escapa a la vez que nos define. Porque cada grieta que surge y que presagia el tiempo que queda todavía, se asemeja a una agalla misteriosa. Se intuye su respiración de cal, su latido alto pero silencioso como el de las vigas. Estas calles cobijan casas que han acompañado mucho a quienes las habitaron, casas que entristecieron y preocuparon, que fueron esperanza y lucha cotidiana. Se alzan como testigos viejos de pasadas levas y asaltos, cortejos y abandonos. Se abrieron sus puertas a la antigua sabiduría de las matronas, lo mismo que a la pesadumbre de la madera benevolente en que se preparaba el viaje hacia lo eterno. Sus contraventanas también cerraron rezos y adioses, ocultaron soledades e insatisfacciones, promesas y derrotas. Paseo por sus alrededores y me llega el olor de la comida, de las ollas que chillan su monocorde cántico de legumbres, perentorias como el hambre y el trabajo. Luego oigo las charlas de los vecinos que comentan un último trajín, las carreras de los chiquillos que se precipitan a la exigua acera con un griterío que hace de la vida una rara travesura, una armonía intacta. Desde todo lo que soy, adentro mi mirada en una de las viviendas y distingo a una mujer enlutada que persigue otra esperanza entre las cuatro paredes de una alcoba. Ya no miran sus ojos hacia afuera del cierro y si se abaten, es como si sobrellevaran una prolija historia. Ni comprende ya que el espejo sirva para otra cosa que para conformar sus dudas. Quizá haya descubierto que una casa es más profunda que un corazón, mucho más rica que un recuerdo. Cuando reanudo mi paso, poco a poco se va desvaneciendo, quizá junto conmigo, el hálito de estas gentes, tan imbricado en el silencioso vaho de los portales. Y pienso que cuento con sólo unos instantes para compartir en lo posible sus vidas sin enojos y sin estridencias, que al doblar una esquina acaso acabaré creyendo que sólo he imaginado otros modos de sentir el paso del tiempo. Tal vez igual que como ellos habrán soñado con un desconocido que les observaba.



(Escrito por Fermín Gámez y aparecido en la separata Comunicación, del Diario de Cádiz, el 14 de mayo de 1998)




25 de enero de 2009

SÓLO UNA BATALLITA

Se volvió a encontrar en aquella ciudad casualmente. Después de llevar a cabo lo previsto, decidió darse una vuelta y visitar el cuartel donde había pasado un tiempo considerable de su vida. Las cosas que abandonó allí en el fondo permanecían igual. Vio la verja en uno de cuyos barrotes dejó amarrado, como el resto de sus compañeros, el candado de la taquilla. Tal como se habían juramentado para cuando les llegara la hora de licenciarse. Aún recordaba la burla con la que miraban atrás, hacia todos aquellos candados formando una ristra jocosa que desentonaba con la efigie austera del acuartelamiento y con los semblantes abotargados de los que quedaban allí todavía por tres meses más. Luego de la fechoría se fueron todos, uniformados pero con la camiseta en la que se mostraba el dibujo alusivo al reemplazo, y comenzaron a chapotear metidos en la fuente y a verter jabón con un frenesí sobre el que habían estado cavilando durante muchas noches, cada vez que el turuta tocaba silencio y la marcialidad dejaba paso a un reposo menos patriótico, al olor del desinfectante que penetraba en la colcha verde que apenas si anulaba la remembranza del hogar. Ahora todos esos sentimientos le resultaban un tanto lejanos. Recordaba las caras de sus colegas, pero se desvanecían las razones que les impulsaban a mostrarse indisciplinados. Allí dentro llegó a hablar de otro modo, en la jerigonza que sustituía al habla de la calle, y trabó amistad con quienes eran más jóvenes que él, dándose cuenta de que la edad no diferencia tanto a las personas como el sitio de donde se viene o los anhelos que nos acucian. Después de aquello, había llegado a encontrarse con alguno de sus mandos por la calle y se sentía extraño al no tener obligación siquiera de saludarlos. Hasta agradecía el hecho de que no reparasen en él, vestido ya de paisano, una pizca más cambiado y sobre todo sin un corte de pelo al uno. Lo peor era que incluso quienes compartieron camareta con él, quienes le acompañaron en muchas guardias y limpiezas de cocina, tampoco se acordaban de su antiguo colega. Sin embargo, aún latía esa emoción de cuando cruzó por última vez el umbral del cuerpo de guardia, aunque ahora las lágrimas se le antojaban un tanto exageradas, como si hubiesen pertenecido a otra persona. Se alejó unos pasos, preguntándose si los recuerdos pueden estorbar a veces, si el paréntesis que vivió en aquel recinto tendría ahora algo que ver con su forma de regresar a casa.

(Escrito por Fermín Gámez y publicado en la separata Comunicación, del Diario de Cádiz, el 25 de junio de 1998)





De los tres que aparecen en la foto, yo soy el que está sentado a lo Buda. La foto está tomada en San Roque (Cádiz), donde hice la mili, en 1993.

19 de enero de 2009

CARTA A MARTIN LUTHER KING

Por más que lo intenten, las balas no pueden atravesar un sueño, pero lo que la pólvora no consigue lo deja en manos de la intolerancia que siempre queda. Desde que caíste abatido en aquel balcón del Hotel Lorraine, muchos han aprendido de la honestidad de tu labor, a no sentirse atemorizados por el odio de los que no transigen con la igualdad. De aquellas sentadas de estudiantes negros, de aquellas marchas sobre Washington y de las manifestaciones que encabezaste contra la guerra del Vietnam, se puede comprender que en cada hombre se engendra cotidianamente la posibilidad de un mundo nuevo, que no herede nada de la indigna servidumbre de las pistolas. Pero esa tierra prometida todavía cuesta. Muchos años después de tu muerte, en una plaza china un hombre se atrevió a enfrentarse solo, con su firmeza, a la altivez de los tanques. Muchos años después de tu muerte, se han alzado por doquier dictadores que han copiado la represión vivida en los suburbios negros. Muchos años después de tu asesinato en Memphis, aún se engrasan las armas, se reponen las municiones, se repiten las estrategias, se conservan los arsenales. Hay el mismo miedo en los corredores de la muerte que en los callejones en los que se apuñala a alguien por un puñado de monedas. La misma amargura que lleva a las pateras hasta un litoral hostil, se la inyectan los desahuciados en los hediondos recovecos de las ciudades. La misma soledad persiste en los que sufrieron la sinrazón de las minas ocultas entre los terrones de los campos, la misma soledad en los niños que empuñan armas, embaucados por la gloriosa y patriótica destreza de los que saben enmascarar sus intereses. Hay mujeres apaleadas con saña por sus compañeros, gritos que no se oyen lo suficiente, en hogares en los que se ha reproducido a escala la violenta discordia de los ghettos. Incluso hay quienes integran comisiones de derechos humanos, sin haberse planteado de un modo inequívoco sus verdaderos cometidos. Por fortuna, sueños como el tuyo actúan de baliza constante. Sabremos que el que odia jamás le sacará ventaja al que se detiene a soñar y repudia la injusticia, y sabremos que somos merecedores de la esperanza si entendemos de una vez por todas el amor.


(Escrito por Fermín Gámez, y aparecido en la separata Comunicación, del Diario de Cádiz, el 2 de febrero de 1999)

14 de enero de 2009

LA ÉPOCA PROMETIDA



Hubo de transcurrir mucho tiempo antes de que lo imposible quedase al alcance de todos. No faltó quien pronosticó pavorosas tribulaciones ni quien comparó lo que se avecinaba con las utopías que el mundo había superado a lo largo de su historia. La gente despertó en masa, se fue restregando los ojos hasta que cayeron las legañas de la necedad. Y todos descubrieron que hubiesen podido ver, desde siempre y desde muchísimo antes, con la mirada, lúcida y sagaz, que ahora les caracterizaba. Entonces, el verdugo se imaginó el daño que infligía, y renunció a ser verdugo. El solitario se imaginó la soledad de los otros y no estuvo tan solo al acercárseles sin contrariedad ninguna. El rico imaginó la pobreza, y su dinero paró de engendrarla. El intolerante imaginó su temor y sus palabras ya no coartaron las de los que consideraba rivales suyos. El que se dejaba dominar por la envidia se imaginó compartiendo lo que no admitió haber aplaudido. El caminante se imaginó el horizonte y no se detuvo ni para morir un poco. El que esperaba aprovechó para imaginarse a quien regresaba y ambos no tardaron en encontrarse. El profeta imaginó lo que anteriormente había sucedido y sólo se avino a reconstruir el presente. El que atesoraba imaginó por vez primera el brillo del oro, que ni siquiera las alimañas de la tierra preferían ni acechaban. El perdedor se imaginó perdiendo y la siguiente vez en que perdió empezó a balbucir una victoria. El mentiroso se imaginó la verdad y entonces comprendió a todos los que había estado engañando. El incrédulo se imaginó creyendo y, cuando decidió no creer de nuevo, una certeza extraña acababa de habitarle por entero el corazón. El olvidado se imaginó su sombra y se percató de la manera en que la iba difundiendo el ocaso. El reo se imaginó la libertad y se glorió de haber sido siempre libre. El injusto se imaginó sin impedir la justicia y no se sintió yermo. El detractor se imaginó emparentado con los errores de los que le rodeaban y la benevolencia lo hizo más perspicaz. El que se burlaba, se imaginó riéndose sin sonrisa y, cuando se aplacó su desprecio, su gesto volvió a humanizarse. Nada sería igual desde ese instante. Y puesto que los niños no cesaban de imaginar al hacerse adultos, todos se encontraron con que habían heredado de sus antecesores cosas inservibles, obsoletas. Resultó una labor ingente adaptarlas a la nueva situación y así procedieron, aunque poco a poco, en miramiento de aquellos rezagados a los que imaginar les acarreaba todavía un desmedido esfuerzo.


Escrito por Fermín Gámez, y publicado en la separata Comunicación, del Diario de Cádiz, el 2 de julio de 1998.

20 de julio de 2008

ACORRALADO

Casi se hubiera podido palpar en el ambiente que algo sucedería. Era como un ente que acechase, apostado tras la oscuridad del rellano. Por fortuna, bastaba con encender la luz de la escalerilla para que se disipase aquella sensación, de la que me olvidé hasta que volví a pensar en el asunto horas más tarde, cuando hilé cabos sueltos. Pedí el ascensor, que acudió sin que me fuese necesario esperarlo mucho tiempo. Al entrar, me dio un vuelco el corazón. Aún no me había acostumbrado al espejo interior, que siempre me otorgaba su silenciosa bienvenida. No lo asocié a lo que viviría después, a aquel sentimiento de inseguridad que se estaba apoderando de mí sin percatarme todavía lo suficiente y que afloró cuando abandoné el lugar de los hechos. Sigo pensándolo y no puedo creerme que sobreviviese al incidente, que tuviese incluso la opción de respirar hondo mucho después, convencido de que lo peor había pasado, que se convertiría únicamente en un desagradable recuerdo de esa noche. Hubo otra persona que solicitó el ascensor desde una planta intermedia. Se abrió la portezuela y nada más ver lo que el destino me deparaba, me hice a la idea de que no tendría escapatoria, que las cosas venían rodadas de tal manera que debía afrontarlo como mejor pudiese. Fui notándome incapaz de respirar de manera normal. La vista se me iba enturbiando y no lograba distinguirme en el espejo, del que me separaba una humareda grisácea. Creo que tosí, casi con timidez, pero la humareda continuaba y sólo parecía hallarse a gusto allí el nuevo ocupante del ascensor, mientras que yo me descubría cada vez más incómodo, rayando incluso la indefensión. No creo recordar si miré a los ojos a la persona, si fue así tal vez la imagen de su rostro terminó formando parte de la creciente bocanada que brotaba de su anodina sonrisa. El rato que el ascensor empleó en bajar me pareció interminable. Luchaba contra mí mismo, reprimiéndome la posibilidad de rogar al sujeto que cesase en su humeante actitud. Lo descarté enseguida, en la conclusión de que sería un riesgo inopinado dirigirme a un extraño en términos que acaso no encajaría de buen grado. Al detenerse el ascensor, no aguardé a que mi acompañante abriese la puerta. Salí como alma que lleva el diablo, tras atravesar una espesa fumarada, de cuya existencia real me confirmó el olor que quedó en mis ropas más tarde. No hablé con nadie del suceso, por temor a que no me diesen crédito y todavía hoy, si tengo que coger un ascensor, me lo replanteo, en el temor de que se reproduzca un caso tan escalofriante.

Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 6 de abril de 1998.

10 de mayo de 2008

FANTASMAS

Me parece que la tiene tomada con los que vigilan la casa. Porque a esas alturas de la eternidad, no se entiende que aún haya quienes guarden las pertenencias de otros. Por eso, si los atisba en las dependencias de la Huerta de San Vicente, deja de lado su discreción, y acomete alguna pieza al piano, y se divierte si el guarda jurado se lleva las manos a la cabeza del susto. Sabe que ser fantasma es ser como un niño y se balancea con regocijo en la mecedora. Parece proclamar que aún sigue allí, que por más que no se le olvide, él también echa de menos que nos fijemos un poco en los objetos con los que vivió. Seguro que quiere que lo entendamos bien, que era como uno de sus dibujos y que su voz era a veces como uno de sus versos, y a veces no lo era. Ahora que su esencia es sobrenatural, le resulta de lo más natural respirar la luna de Granada o embriagarse de la sombra del jazminero. Tiene una ligera idea de que se están celebrando conmemoraciones y que su nombre va a sonar mucho en los próximos meses. Y hasta ha pensado darse un garbeo por ahí, a ver qué es lo que dicen los críticos de ahora de su obra. Pero esta temporada ha decidido pasársela escribiendo, mirando en los ratos libres los retratos de su familia, de sus amigos, sus retratos. Su memoria es del color gitano de la aceituna, y sus dedos son el eco rojo de la sangre de Ignacio Sánchez. El mundo que tanto ha cambiado, sin él y con él, le sigue interesando como unos labios frescos. El mismo mundo de cuando era un niño. Por eso ahora, entre palabra y palabra, baja adonde están los que vigilan la Huerta, los que se asombran por nada, y se sienta un momento en la mecedora. Y los ve preocuparse, sin que entiendan que lo que está pasando es la misma vida.

Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 5 de febrero de 1998.

4 de octubre de 2007

HERMANO ÁRBOL

Florecieron los árboles en aquel planeta, tanto que su altura en ocasiones cosquilleaba la propia maravilla inexplicable de los cielos. Eran árboles que la lluvia empapaba, con furor o con delicadeza, árboles a los que el ocaso enrojecía con el reflejo de su herida, árboles que las criaturas del bosque convertían en sus nidos. Con los siglos, se extendieron hacia los pueblos y hacia las ciudades que los hombres construían para protegerse del mundo y de los otros hombres. Y en los parques amparaban el amor de las parejas, el cansancio de los filósofos. Llegó una revolución industrial y abundaron los potentados que hacían planes con los árboles y que se enriquecían con los productos de su exterminio. Y aparecieron las industrias madereras, que despojaban a la tierra de su manto verde. Por todas partes se apilaban los troncos ya inanes como cadáveres, y la resina se entremezclaba con el polvo de la tierra, y las sierras eléctricas seguían bramando, enloquecidas con el canto engañoso del progreso. Y los árboles se iban agotando poco a poco y, para evitar que aquello sucediera, los gobiernos del mundo inventaron la posibilidad del reciclaje. Pero a pesar de ideas geniales como aquélla, no se daba abasto y se seguía recurriendo a la madera fresca, por lo que el roble caía, y el fresno caía y caía otra vez el pino. Así que los árboles que cubrieron el planeta, los árboles que amparaban las vidas de los hombres, cada vez estuvieron más lejos de las personas y sólo había algunas reservas naturales a las que los privilegiados podían acudir para disfrutar del aire que daba el cedro o el pinsapo, del aire que respiraba el sauce o la encina. Entonces, cuando la ausencia se hizo insostenible y el hastío de la ciudad contaminada dejó paso al remordimiento y a la desazón, buscaron a los niños para que los pintaran, a las compañías de teatro para que les prestaran los que tenían de cartón, a los enfermos de asma para que imaginasen sus ramas extendiéndose en el viento salvaje de los siglos. Pero no eran los mismos árboles, ni eran resistentes, ni sus hojas se veían capaces de enriquecer de oxígeno el planeta. La única salida que se encontró fue que los científicos manipularan la genética de las hojas que se guardaban en los museos, de las raíces que se mostraban en silenciosas y oscuras alacenas, y de esa forma se crearon árboles de plástico, árboles de metacrilato y árboles de acero que comenzaron a repoblar las superficies donde en el pasado habían florecido sus verdaderos ancestros. Y los nuevos árboles copiaron las mismas funciones que aquéllos. Por lo demás, la lluvia los empapaba, con delicadeza o con furor, su altura llegaba a cosquillear la maravilla aún más inexplicable de los cielos, el ocaso los enrojecía y las criaturas del bosque artificial los convertían en sus guaridas, y nada presagiaba que estos otros desaparecieran a su vez del mundo y ya no hizo falta que los hombres se preocupasen tampoco por ello.


Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 20 de abril de 1999.

22 de septiembre de 2007

EL VALOR DE LAS HUESTES

El equilibrista se hallaba ejecutando uno de sus números más emocionantes, cuando lo llamaron para combatir. El panadero se limpió las manos de harina y leyó la notificación de su ingreso en filas. El albañil acababa de repellar una pared, cuando le anunciaron que en adelante sería fusilero. Regresaba el pescador de la lonja y a su alrededor oyó que tenía el deber de alistarse. El campesino uncía sus bueyes, pero le instaron a que se ciñese sin vacilar las cananas. Requirieron al compositor porque era necesario crear nuevos himnos que enaltecieran a la tropa. El buhonero tuvo que dejar de vagar y pregonar su mercancía y se deslizó muchísimo tiempo detrás de una barricada. El boticario ya no preparó más potingues para las diarreas, sino que se abasteció de cuantos vendajes pudo. El apuntador del teatro cerró el libreto y siempre recordó la última frase de los actores, parapetado en la anónima trinchera. El pordiosero, habituado a las incomodidades de su antigua chabola, se bandeaba sin esfuerzo por entre los escombros y esquivaba las balas mejor que el hambre. El limpiabotas gastó el betún que le quedaba, embadurnándose el rostro de la manera que dictaba el reglamento. El fabricante de baratijas reconvirtió oportunamente su negocio y tuvo listo el primer pedido de medallas. El que argumentaba que no era patriótico resignarse con las viejas fronteras, se regocijaba cada vez que los periódicos narraban la toma de una ciudad, y lo celebraba con un puro y descorchando un espumoso. Algunos potentados organizaban eventos caritativos para recaudar fondos y comprar muletas y prótesis a los veteranos. Al fin, cuando se venció al enemigo, los artífices de la contienda se congratularon de que no se habían contado tantas bajas como las previstas, lo cual era todo un logro. Para conmemorar el valor de los héroes, los gobernantes decretaron que se esculpieran sus nombres en lápidas y obeliscos, pero el erario público se necesitaba para reconstruir las ciudades. Así que los fabricantes de baratijas, y los que ambicionaban otras fronteras desde su butaca caldeada por la chimenea, y los potentados que tanto pensaron en el bienestar de los que volvían maltrechos del frente, reunieron dinero para llevar a cabo tan loable empresa. Antes que nada, se empezaron a erigir las estatuas de los próceres que condujeron al pueblo a la victoria. Y lucieron tan gallardas, que todos pensaron que su sola contemplación bastaría para que futuras generaciones se contagiasen de su mismo entusiasmo épico y que ya no importaba tanto si otros nombres menos valerosos quedaban en el olvido.



Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 27 de octubre de 1998.

14 de septiembre de 2007

BARRERAS ANÓNIMAS

Nadie les ha enseñado a dejarse observar. Por eso, al menor aviso de que les están mirando, tratan de descubrir con un ligero desconcierto al que se fija con detenimiento en sus existencias. Y cuando dan con el intruso, fuerzan una mirada de respuesta que procura ser disuasoria, y al instante, le esquivan de nuevo, para ofrecerle la oportunidad de regresar a lo que siempre tenía que haber sido una completa indiferencia, un cómodo anonimato. Pero siempre hay quienes sortean estos obstáculos y se percatan de los rasgos que le distinguen de los otros. No se aísla nada. Lo que se descubre tiene que formar parte de un entramado cuyo origen se desconoce. No es necesario trabar una conversación para que se derruya esa barrera. Basta con observar, ir mirando los rasgos del que siempre será un desconocido. Seguirle la pista en la manera en que se cala unas gafas, o en la tranquilidad con que lee un pasaje de un libro, la forma con que hace sonar unas llaves al andar. No hay que esperar mucho para que la desobediencia que trata de abanderar el muchacho que pasa por nuestro lado logre escarbar en la que no reconocemos ya, pero que nos perteneció sin duda. Pero lo más grato es toparse con aquello que nunca nos ha caracterizado. Saber que la opción de otro no será la nuestra y que lo que hemos heredado de nuestros familiares o lo que nos hemos forjado para nosotros mismos, nos protege de comportamientos que nos resultan en exceso ajenos y que nos incomodarían. Sólo que a veces, indagar en los demás no nos entorpece sino que nos alivia. Nos otorga la perspectiva necesaria de lo que somos o encarnamos, nos sitúa en el puesto que ocupamos sin que nos demos cuenta. Muchas veces presenciar la sonrisa o el llanto de otro, nos ha dado una solución que jamás esperábamos. Ir escrutando a escondidas los rasgos de alguien al que vemos por primera vez, ayuda a esbozar del todo los propios. Nos confiere la dimensión exacta de aquello que poseemos. Esa realidad que tanto nos acucia, como es el olvido, alcanza una magnitud diferente si se tiene en cuenta a los que nos rodean, aquellos entre los que caminamos por azar, a los que ignoramos también casualmente. Tal vez por eso cuando alguien nos mira, sin ningún vínculo que haya propiciado ese hecho, nos sentimos como si hubiesen rozado el caparazón de una intimidad que luchamos por que sea nuestra, sin preguntarnos siquiera cuándo es demasiado parecida a la de los otros o si entre todos nos la hemos inventado para parecer distintos.


Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 20 de octubre de 1998.

22 de mayo de 2007

UN AYER DE JUGUETE


Viven el tiempo de otro modo. Se intuye por la profundidad con la que miran, por la rigidez de hojalata de sus cuerpos que los protege de la prisa de un mundo que sigue resultando ajeno, por la pátina de ausencia que apenas si logra borrar la expresión litografiada de sus rostros que una vez sirvieron de aliciente a un niño. Ahora los engranajes que les insuflaron movimiento se han oxidado y puede que la soledad de la vida haya acabado de carcomer la ingenua pirueta de un payaso, petrificada para siempre en este raro instante en que los cromos están tan lejos de los bolsillos. Algunos muestran la impronta de la pobreza, y en sus formas sencillas se obstina la breve ilusión que no podía competir siempre con la necesidad, muchos solamente parecen pobres al haber despeluchado el tiempo sus cabezas o despintado sus trajes; otros recuerdan con la timidez de un arañazo el abandono inopinado, incierto, que les deparó una época convulsa de horror y despropósitos. Pero en todos ellos pervive el hálito cotidiano de quien los poseyó, de quien los quiso guardar con mimo después de cada rato de juego, para que un día fuesen testigos de otra infancia. Saben sin duda atesorar el secreto de aquellas manos que los sostuvieron junto a la premura de un bocadillo, que los hicieron rodar sin tregua por las aceras. Si uno se acerca lo suficiente quizá hasta susurren con rigurosa exactitud la letra de una antigua canción tarareada, el tedioso rumor con que se aprendían otras gramáticas. Y quizá sus cuerpos de madera se arropen con el eco extraño del bostezo de la tapa del bufete, del risrás de la plumilla sobre el cartapacio. Han conocido tanto de la vida desde que se les sacaba del armario o del cajón de una cómoda, que acaso su insistencia oculta un mensaje con el que el silencio nos interpela incesante. No importa que no fueran nuestros, ni que parezcan tan distintos a los que en verdad tuvimos. Algo nos quieren contar acerca de los niños que pudimos haber sido y que el azar prefirió convertir en la mirada curiosa a través de una vitrina, en el vaho que durante unos segundos trata de enturbiar en el cristal recuerdos que esperábamos desde siempre, sin ninguna intrusión.


Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 21 de mayo de 1998.

17 de diciembre de 2006

LA GRAN EVASIÓN

No había mucho que hacer y el tiempo en su mayor parte se empleaba en maquinar una huida. Hartos casi todos de las condiciones en que se encontraban, rodeados de polvo y apiñados en la oscuridad, no recordaban ninguna batalla en la que intervinieran, ni que les hubiesen hecho prisioneros. Pero todos terminaban acogiendo a un nuevo colega que traía noticias de su lejano país, y por una u otra causa alimentaban rumores sobre el particular. Se agrupaban en general por la lengua que hablaran y de vez en cuando conversaban y cambiaban impresiones. Pero el transcurso de los días era inexorable. Había quienes llevaban allí mucho más tiempo que el resto, y ya desesperaban, sobre todo porque se conocían demasiado entre sí, y añoraban ese sentimiento de descubrir a otra persona, de intuir sus inquietudes, sus anhelos. La disposición de lo que ellos mismos denominaban como los barracones era perjudicial, en el fondo los acababa aislando. Sólo eran capaces de ver a los que tenían delante, y a los que ocupaban las naves más distantes apenas si se les divisaba. Por eso, recurrían a dormir mucho, puesto que eso de soñar, para lo cual nacieron, se les negaba. Pero de vez en cuando el vigilante se aproximaba con sigilo y cambiaba a uno de ellos de lugar o se lo llevaba sin mediar palabra, otras veces un guardia de relevo traía de vuelta a un antiguo compañero que ya había logrado huir. El hecho mismo del regreso a aquel sitio los dejaba sin ganas de hablar de todo lo vivido en el intervalo de su fuga. Quizás a la mañana siguiente, referían algo de las personas a las que habían conocido. Siempre terminaban describiendo sus caras, sus gestos de sorpresa cuando trababan contacto con ellos. Había algo en su relato que siempre les llevaba a aspirar a ese momento en que el vigilante o cualquier otra persona reparara en su existencia. Esperar el rito de que se apuntase en una cartulina el número que tenían asignado como internos, para luego trasponer el umbral en que aguardaba un mecanismo de seguridad por si alguien pretendía sacar a un recluso de allí sin que lo supiesen los de la dirección. Entonces podían salir sin miedo alguno. Sabían que tarde o temprano retornarían a los barracones, pero luego de haber visto mucho mundo, y sobre todo de haberse impregnado por completo de ese sentimiento tan inexplicable, ese placer que obtenían cuando alguien pasaba sus páginas y leían todo lo que figuraba en su interior. Eso era lo que siempre terminaban contando al regresar, y lo que les hacía aguardar el próximo momento en que se les dejase abandonar la oscuridad de su encierro . Algo en lo que de continuo perseveraban.

Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 1 de diciembre de 1998.

25 de noviembre de 2006

A LOS QUE MANDAN

Estaba el león ahíto ya del banquete que se había regalado y se echó a reposar. Antes de dormirse, le gustaba pensar que tenía a toda la selva bajo control. El avestruz le hacía reverencias, la gacela le dejaba su puesto cuando iba a beber al riachuelo, la hiena se escabullía de él y el papagayo interrumpía su habitual perorata cuando el monarca se lo indicaba. Pero esta vez no podía conciliar el sueño con facilidad. Se incorporó esforzadamente y trató de averiguar lo que le impedía su siesta. No había otros animales cerca, y las leonas y los cachorros tampoco estaban armando ningún jaleo. Entonces se dio cuenta de que un rayo de luz correteaba por allí y que se le subía a la melena y se tiraba por las greñas como si de un columpio se tratase. Era un león avezado a duros combates con los que pretendían arrebatarle su liderazgo y su curtida piel apenas si notaba los pasitos del rayo de luz. Podía dejarlo estar, pero de repente se percató de que había algo que no temía su autoridad. Entonces le rugió al rayo de luz preguntándole si no se había dado cuenta de que era el león y como tal su rey y que no podía tomarse tan a la ligera eso de subirse a su melena y juguetear como si nada. El rayo de luz, que era demasiado joven por lo demás, se sintió un poco apagado cuando el león le recriminó su actitud. Siempre había creído que su labor era la de iluminar y nunca supuso que hubiese alguien que se mostrase desagradecido por ello, así que, cabizbajo, se alejó de la presencia del felino, que por fin alcanzó el sopor anhelado. El rayo de luz vagó sin rumbo por todo el reino y alumbraba sólo si se sabía querido y necesitaban sus haces. Así transcurrieron para él los años, hasta que se convirtió en un claro de luna. Una noche volvió donde el león le regañó, pensando que la manada real no seguiría allí. Pero cuando divisó al felino, inmerso en sus faenas de caza, el claro de luna, pusilánime, se cubrió de nubes y retrocedió. Entonces el león rugió a la luna ante tamaña irreverencia, y lo hizo con tal estrépito que el astro se desembarazó de su velo. El claro de luna, ya muy viejo, se aferró a las guedejas del león que, satisfecho por poder cazar de nuevo, no reconoció por supuesto al rayo de luz en la vaga luminosidad que le envolvía.

Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 2 de febrero de 1999.

18 de noviembre de 2006

LOS PAPELES DEL MONO

Daba el chimpancé buena cuenta de un plátano, cuando de repente algo le cubrió el rostro, propinándole un susto formidable. Se llevó las manos a la cabeza y suspiro de alivio al ver que sólo se trataba de un trozo de papel que el viento había hecho llegar hasta allí. El simio examinó su inopinado sombrero y comprobó por sus signos exteriores que era un diploma. Se sintió halagado de haber sido un elegido y se jactó ante el resto de la manada, que pronto lo consideró un erudito. Desde ese instante, decidió el primate que debía guardar cierta compostura y ya no se rascaba la barriga como sus congéneres ni se apoltronaba entre las hojas de los árboles. En cambio, se le podía hallar mirando con semblante circunspecto hacia ninguna parte, por lo que sus hermanos concluyeron que encarnaba un verdadero sabio. Con posterioridad, se corrió la voz de que había entre las tortugas una que sentía especial inclinación por los asuntos del conocimiento y que se preparaba para ser una de las eminencias de la selva. El chimpancé, un poco exasperado por no haber sido informado antes del caso, hizo venir al burro que había hecho sonar por casualidad la flauta, un viejo amigo al que no veía desde hacía mucho tiempo. Invitó también al perezoso, que llegó, como se presumió, después de que el chimpancé pusiese al corriente de las circunstancias a su colega el asno. Viendo que estaban todos, el primate envió un mensaje a la tortuga para que compareciese ante ellos. El reptil fue instado a que expusiese sus motivos para aspirar a ser un entendido en la materia y así procedió, hilvanando un prolijo discurso en el que entremezclaba oportunamente el producto de sus experiencias así como sus hipótesis acerca de la selva. El perezoso reprimió un bostezo, el burro lamentó que la tortuga no hubiese hecho ninguna alusión a sus más que probadas dotes musicales y el chimpancé trató de ocultar el rugido de sus tripas, emitiendo un carraspeo juicioso donde los hubiese, después de lo cual interrumpió a la tortuga, diciéndole que una de las condiciones necesarias para aquello a lo que aspiraba era estar en posesión de un diploma que la acreditase como un animal versado. La tortuga quedó perpleja, sin poder replicar. El burro esbozó un gesto altanero, el perezoso se alegró de que en su juventud no se le hubiesen exigido requisitos tales y el chimpancé sacudió el polvo de su diploma, satisfecho de haberle sacado a aquel documento tan buen partido.

Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 15 de diciembre de 1988.

8 de octubre de 2006

WILL HUNTING

Algo le falta a ese muchacho que arrastra la fregona por los pasillos de la escuela y que, una vez que han desaparecido los estudiantes, coge la tiza y, enloquecido, a hurtadillas, garabatea en la pizarra la solución a un complicado teorema matemático. No puede componer música, ni pintar un cuadro, pero se ve capaz de resolver cualquier problema de combinatoria avanzada. Sin embargo, es todavía un niño. Su rabia y sus ansias de justicia se confunden y se permite el capricho de partirle la cara a un compañero de parvulario que le hizo la vida imposible, o poner en evidencia a un pijo que ha tratado de ridiculizar a su mejor amigo delante de unas chicas. Quiere divertirse, emborracharse, vagar por ahí con los suyos. Y no le importa si el precio que ha de pagar por ello es demoler tabiques o desempeñar otra tarea por debajo de sus posibilidades. Will Hunting sigue siendo un niño. Ha empezado a vivir en un mundo que no se le parece, del que le atemoriza tomar las riendas. Rehúye amar con todas sus consecuencias por temor a que se le responda con el abandono, y considera preferible acorazar aún más, sin tregua, su egoísmo. Le queda por conocer aún a Robin Williams, que comparte con Hunting haber nacido en la misma ciudad, pero que a diferencia suya ha salido de allí, ha vivido, ha visto morir en sus brazos a un compañero en un campo de batalla. Él le rebatirá que puede conocerlo todo sobre Miguel Ángel, todo lo que sea susceptible de convertirse en número o en dato, y sin embargo, no sabrá el olor que tiene la Capilla Sixtina. Le dirá que no podrá aprender en ningún libro lo que Will lleva en su interior, lo que lo hace distinto a otros. Le enseñará que la mera acumulación de conocimientos acaba en hueca pedantería y que la sobreabundancia de información de por sí no le hace a uno siquiera sabio. Le hablará de las almas gemelas, de la imprescindible compañía del amor. Y lo hará con su mismo lenguaje, el de la ira pero también el de la comprensión. Le hará ver claro a Will que ese billete de lotería premiado que le ha tocado en suerte y que no se atreve a cobrar es algo que debe asumir, y que tampoco ha de postergar ni un solo instante el momento de la entrega a los demás, a su chica. Al final, ese muchacho que fregaba de mala manera los pasillos de la escuela, aprenderá que lo mejor de todo radica en la fortuna de elegir y que a veces, los mal llamados “defectos” de las personas pueden convertirse en el verdadero motor de la vida, en el más sólido aliciente del mundo que nos rodea.

Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 6 de mayo de 1998.

RANGOS

Le di la mano mientras trataba de aquilatar la magnificencia de aquel momento. Nada más lejos de la realidad que hubiese esperado con ahínco el encuentro, pero lo imprevisto del caso me conmocionó y puedo decir que hasta echó por tierra mis opiniones preconcebidas acerca de mi forma de reaccionar y de comportarme en unas circunstancias tales. Se trataba de toda una figura en su ámbito y se dejaba notar en sus gestos, en su seguridad de sí mismo. Despojado de toda timidez, a pesar de que era la primera vez que se hallaba entre aquellas cuatro paredes, parecía encajar a la perfección. Algo inherente a todo liderazgo, pensé. No miraba a los ojos a ninguno de sus interlocutores, en todo caso se dignaba una pequeña familiaridad con el que tuviese demostrado de manera fehaciente un rango similar al suyo. Consideré entonces que otros amigos míos empezarían enseguida a hablar de sí mismos ante el peso pesado y, como no era de mi agrado la respuesta que hubiese despertado el recién llegado en ellos, se equilibró un poco mi indudable admiración por quien se hallaba ante mí. En el pensamiento de que jamás llegaría a rozar el éxito de aquel personaje, decidí guardar silencio y no aludir siquiera el hecho de que a menudo había considerado yo su obra como un punto de referencia para lo que a mí me era dado hacer. Temía que cualquier palabra, aunque sincera, evocase la mínima adulación innecesaria. Nos volvimos a dar la mano, de nuevo su mirada parecía perderse en un horizonte que el escaso recinto imposibilitaba por completo. Mis amigos seguro que me hubieran echado en cara mi torpeza al desaprovechar una oportunidad que no se repetiría así como así. La vida es muy larga, me conformé. Al alejarse la figura, no pude por menos de comentar a mi compañero la eminencia que habíamos tenido tan cerca de nosotros y los logros que éste había alcanzado en su rama. Me rogó, no obstante, que repitiese su nombre, puesto que en principio no le sonaba de nada. Luego noté en la expresión de mi compañero un signo de que se fiaba de mí, que tenía que ser verdad que también él le había dado la mano a una personalidad tan distinguida.

Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 13 de julio de 1999.

17 de septiembre de 2006

PRADOS, EL POETA INIMAGINABLE

Desde un punto de vista académico, Emilio Prados ha sido uno de los poetas a los que se ha recurrido con menor asiduidad. En mi época de estudiante, apenas si se reseñaba su obra y una vez alcanzado ese epígrafe del programa, se le arrinconaba sin ulterior remordimiento. El profesor terminaba luciéndose en sus explicaciones acerca de lo que supusieron Lorca, Guillén, Salinas o Alberti en este período de la literatura, para introducirse enseguida en la lección siguiente, como si autores de la talla de Prados figurasen en los manuales algo así como para abultar, para que con su presencia el concepto de generación cobrase su sentido definitivo. Era como si se estableciese un pacto tácito entre educadores, significando con su escaso hincapié el verdadero lugar adjudicado por una crítica negligente al que era, aunque no se dijese de modo tajante, un poeta menor. Término éste acuñado a menudo en disculpa de un excesivo desconocimiento, cuando no de una desgana. Así, rápidamente, se reclamaban otros nombres que destacasen una inflexión en las corrientes literarias que siguieron al 27, algo que facilitara a los alumnos adquirir una idea sucinta de lo que les era imprescindible saber. Creo que una realidad como ésta ha contribuido en parte a que el lector de a pie se muestre casi incapaz de imaginarse a Prados, al contrario de lo que puede ocurrir con un Lorca al que muchos visualizan sin problema, tal vez leyendo compulsivamente una de sus obras teatrales a amigos y conocidos, o bien llevando una vida de extravagancia en la Residencia de Estudiantes. Esta representación común que se tiene sobre Lorca permite, junto con su obra de indudable mayor eco, asumirlo, hacerlo propio, de un modo que no encuentra parangón en el poeta malagueño. Comentó ya acerca de Prados su amigo Vicente Aleixandre, por si fuera poco, que “vive lo que la gente llama bastante solo, porque sólo acaso le conoce la gente más inesperada”. A su talante inquieto y descontento, hasta el extremo de que rehusó incluso formar parte de la prestigiosa antología de Gerardo Diego, se le suma pues la sensación de con los años haberle sobrevenido un olvido que nadie previó, la sensación como de que el poeta no vivió de verdad, incluso de que su exilio fue menos exilio que el de sus colegas. Alguien puede mirar una fotografía en que aparezca Prados solo, y no identificarlo como quien es. Parece como si el poeta precisase paradójicamente de la compañía de los otros miembros de su generación para que se le tenga mínimamente en cuenta. Pero por separado, sería imposible percibir en su gesto, en su mirada, las huellas de una relación más profunda y fructífera con los demás autores del 27. Le falta aún más el abrazo, la reunión, la charla con los otros del grupo. Su expresión, aislada, se podría asociar más a la de un funcionario, a la de un oficinista, alguien del que se pudiese proclamar que su costumbre es la sombra, como el propio Prados expresó de sí mismo. Contamos con mucho tiempo por delante, sin embargo, para que empecemos por imaginar su obra. Quizá a la larga no cueste tanto imaginar también al propio Prados y que seamos esa “gente inesperada” que lo conozca.

Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 4 de mayo de 1999.

12 de septiembre de 2006

RETOS


Tengo un compañero que por lo común, como me ocurre a mí, lleva encima algún libro. Medio en broma, medio en serio, solemos curiosear lo que el otro lee. Hasta hemos aprovechado ratos libres del desayuno para acudir a librerías de viejo o a la biblioteca, y allí se nos pasa el tiempo embebidos en los volúmenes de las estanterías. Sabe de mi predilección por la más desconocida Gloria Fuertes, y cada vez que me descubre con una de sus obras bajo el brazo, incluye algún comentario de cuando la juventud de la escritora. Apostilla que entonces era incluso guapa. A veces se sorprende de mi empeño en leerla y termina hablándome de otros escritores que le suenan y que con sutileza intenta comparármelos con la poetisa. Procuro no aparentar mucho desinterés por aquellos a los que suele referirse, pero mi amigo y yo nos conocemos ya lo suficiente como para que se me note. El caso es que me tiene informado al día de congresos a los que acuden estos autores, de las lecturas poéticas que se organizan, de las publicaciones que se reparten entre ellos. Para no andar muy metido en este mundillo, le han llegado incluso rumores de compadreos y demás tejemanejes. Trato de reconducir el hilo de la conversación hacia otros puntos, puesto que no tiene mucho sentido que personas como él y yo nos enfrasquemos en tales disquisiciones. La última vez que me lo encontré al venir de la biblioteca, me pilló con otro libro de Gloria, y además con uno de Alberti, Pleamar para ser exactos. Rápidamente me lo arrebató y hojeó sus páginas, mientras me explicaba que era uno de los poetas de su agrado. Ese día, sin embargo, mi amigo iba con la guasa por delante, por lo que me esperaba cualquier chacota. Se percató del laconismo oriental de las composiciones, muy breves, y espetó que así también podía escribir él, reuniendo enseguida un montón de páginas. Pese a su jovialidad, le reté a que obrara en consecuencia. Pero siguió hojeando el libro, se detenía en un poema, me exponía que tales versos no le comunicaban nada, carentes, para colmo, de rima. Luego se fija en otro: Mar, frente a ti he echado ¡ay! las primeras canas. Le sugiere ése un poco más, es más sustancioso. No le digo que entiendo que le gusten otros poetas que despilfarran las palabras, porque no ha abandonado ni un momento su tono jocoso. Me devuelve el libro, pero esta vez soy yo el que le insiste en que pruebe a escribir, aunque sean sólo dos versos. Por la tarde, en soledad, me rodeo de esa Pleamar albertiana. ¡Con qué pasión hoy complicaba el mar,/ a las doce, la tabla/ de multiplicar! Y al leer esos versos, lejos ya de la socarrona actitud de mi amigo, me viene a la mente que todavía sobreviven lecturas que complican la literatura. Como si la literatura le hubiese pedido a alguien ser complicada.


Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 15 de junio de 1999.

3 de septiembre de 2006

HASTA SU VUELTA

A veces se le ve echado al sol, tranquilo, sin que le importe demasiado si alguien viene y lo acaricia. Levanta la cabeza y dirige una mirada hacia las puertas del hospital, de donde procede su historia. Y no se deja convencer por la amabilidad del transeúnte. Como si aún resonase una llamada de su amo en un rincón oscuro de su memoria canina, atiende únicamente a lo que está encerrado en el aire. Si pudiera hablar de la fidelidad. Quizá dijera que se trataba de ver de nuevo al hombre que lo dejó una vez a las puertas de la clínica y le ordenó que se esperara allí, quieto, hasta su vuelta. La fidelidad sería como echarse en sus brazos, responderle a sus palabras con la incomprendida filosofía de sus lametones. Pero la tristeza sirve para el recuerdo, y aunque da soledad la tristeza mantiene la evocación. Cuando tiene apetito da un brinco y se aposta frente a alguna carnicería, en espera de que el dueño, un seguro amigo, salga con algo de comer. Pero cuando sacia su necesidad, retoma el camino hacia el sitio donde conserva la imagen del desencuentro. Allí la voz de su amo es como eterna, más fiable que en otros lugares de la ciudad que tanto se conoce, que es su territorio para la vida. Allí la voz suena con más nitidez que en ese otro sitio que está por San José, adonde no sabe si es su olfato lo que le guía o le confunde. Ha habido quien se lo ha querido llevar, le han abierto las puertas de un coche y ha contestado con sus ojos meditabundos, con su hocico sereno, con una quietud que quisiera dar a entender que aunque no es feliz como está, la espera es lo más parecido a la ausencia que se le vino de pronto. La ausencia que le hizo habitar esos otros parajes de la ciudad por la que antes sólo paseaba al lado del amo. La ciudad que ahora llega tan lejos como su pensamiento. La chavalería se le acerca y los acoge a todos pero nadie es capaz de disuadirle de su pasado. Nadie puede evitar que siga su paso concienzudo y melancólico que a algunos les parecerá un extravío, una desafortunada deriva por los pavimentos. Pero el perro sabe lo que quiere, que es lo que quiso siempre, y a nosotros nos parece extraño, y hasta incómodo, que un animal haga tan suyo un acto que no comprendemos todavía.

Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 15 de abril de 1988.


27 de agosto de 2006

LA HORA DEL DESPERTADOR

Parece que hace un siglo que sonó el despertador. No recuerda lo que pasó después. Se dirigió al cuarto de baño dando trompicones, agarrándose el bostezo y la resaca. Lo bueno de ese momento es que los problemas con los que se enfrentará a lo largo de la mañana se le antojan menos verdaderos, como si se tratase de algo con lo que nunca tendrá nada que ver. El agua que corre en el lavabo, esa cara que le cuesta todavía reconocer como la suya. Se afeita y entre las hojas de la cuchilla quedan los pelillos del tiempo. Al secarse con la toalla, huele a suavizante, ya está más despejado. Empieza a pensar de veras, pero permitiéndose cierto desorden. Cuando llegue a la oficina le tocará el turno a su faceta de hombre metódico. Se prepara el desayuno con una prisa que sustituye al hambre. Las noticias de la radio se suceden una tras de otra. Algunas las comentará con alguien en el autobús. La mayoría serán olvidadas con su pizca de monotonía. Oye una puerta que se abre, el vecino que también sale para el trabajo. El rellano es distinto a esas horas, un portazo rompe el silencio, ronronea el ascensor. Por su parte, se ocupa un rato aún en saborear la bollería industrial que se lleva a la boca, mientras mastica lee los ingredientes del envase. Por la encimera, zigzaguea un pececillo de plata. Una especie muy antigua, según tiene entendido. De chico jugaba con ellos. Apenas si se ha dado cuenta del café que se ha tomado. Va a buscar las llaves, la documentación. Se abriga bien antes de salir. Puede que esta noche, al regresar a casa, le robe unos minutos a esa hora a la que suena sin falta el despertador. Unos instantes más para dormir. Lo bueno de esos momentos, cuando sale a la escalera y recibe el frío de sus obligaciones, es que no se da cuenta siquiera de que le está tocando vivir y que se encuentra tan cargado de sueño como para detenerse a reflexionar. Esas horas de la mañana no admiten demasiadas filosofías. Pulsa el botón para coger el ascensor, consciente de que la jornada no va a traerle excesivas sorpresas, ha aprendido de todas maneras a no planteárselas. Se prepara para saludar cuando haga falta, para sonreír en el instante apropiado. Verá a mucha gente que no sabe nada del pequeño mundo que abandona para ganarse el pan. Se confundirá entre los transeúntes, llevará la misma dirección de muchos. Y sentirá que el silencio se vuelve cada vez más extraño. Comprará lotería, se parará en un bar y pedirá unas tapas. Mirará unos escaparates, el dependiente le dará la vuelta de la crema de afeitar que compre para mañana mismo empezarla.

Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 23 de febrero de 1999.

30 de julio de 2006

LA MALDICIÓN

Cogí uno de los libros que se apilaban en la sección de novedades y me puse a hojearlo, buscaba un párrafo que me interesase, una frase que destacara sobre las otras. Una costumbre como ésa me suele relajar, me libera de un montón de preocupaciones que no me sirven para nada, y me vincula con la reflexión que la letra impresa facilita. De vez en cuando, me pongo a mirar a las otras personas que curiosean libros, quizá porque me gusta sentirme identificado con su impulso de leer, de acariciar dichos objetos. Ver que hay gente como ésa se me antoja agradable y repercute en esa sensación de comodidad de la que he hablado, acrecienta en mí la voluntad de la lectura. Sin embargo, ese día me ocurrió algo muy curioso, que echó por tierra el concepto que me había formado acerca de las personas que acuden a estos sitios en busca de determinada obra. El sujeto era de los que por lo común se asocian con una imagen de intelectualidad. Aquejado de cierto nerviosismo, acaparó con una mirada espeluznante los títulos que tenía ante sí y farfulló unas palabras que por la distancia a la que me encontraba me resultaron incomprensibles. Pero lo más extraño de todo se descubrió en su manera de proceder después. Con los puños cerrados, fue trazando una especie de círculo por encima de los libros, sin que llegase a tocarlos en ningún momento, como si manipulase un inmenso molinillo de café. Sugería la vehemencia de un rito cuyo significado se le escapaba por completo al que lo presenciase. Lo curioso es que el individuo ejecutó aquel gesto sin ningún tipo de reparo por los que estábamos delante, como si en el fondo se situase en un nivel muy distinto, de tal modo que probablemente le resbalaran nuestras opiniones al respecto. Sin dejar de musitar su maldición o lo que fuese, de repente se alejó del expositor de las novedades bibliográficas, como embargado por una euforia igual de incomprensible que las palabras que dirigía a los libros. No pude reanudar la lectura en la que me había sumido antes de que me echase cuenta de la existencia de este inquietante personaje, sino que, elucubrando en lo que podría significar aquello de lo que había sido testigo, permanecí atento por ver si volvía de nuevo donde el montón de libros. Pero no sucedió así y cuando me aproximé al lugar que aquel individuo había elegido como escenario de su extravagancia, y fui a mirar detrás de las estanterías que ocultaron su marcha, no volví a tener noticia de él. De lo cual no sé si alegrarme todavía.

Artículo de Fermín Gámez aparecido en Comunicación, revista de la Universidad de Cádiz, dentro del Diario de Cádiz, el 4 de mayo de 1999.

23 DE NOVIEMBRE DE 2008



    CORTEZAS


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    Adopta lo efímero para que lo demás no sea perecedero.
Resquebrájate
para que lo demás no sufra hendidura.
Súmete en un leve sueño
para que la vida sea
así de constante.


(Fermín Gámez)

25 de febrero de 2013

CONTRAPOETICAM PARA VUESTRO PROVECHO


Os dejo con una serie de frases mías para que las penséis o miréis las musarañas de vuestra habitación si tal cosa os complace más:

  • ¿Quién es tan tonto que defienda un ripio?.

  • ¿Le tienes miedo a la verdad?.

  • Poetastros, unidos, jamás serán vencidos.

  • Sabios aquellos que opinan que la poesía es sentimiento... (Y un cuerno)
  • Comentaos los unos a los otros, hasta el final de los Tiempos.
  • La poesía y la mala poesía son hermanas gemelas.

(Si crees que esto que escribo es mera provocación, es que vives engañándote)
(Si crees que esto es un blog de autoayuda, ¿qué esperas para autoayudarte?)

9 de abril de 2012

SIGO CON MIS SUGERENCIAS

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En mis propuestas para el día de hoy, os sugiero los títulos de una serie de entradas antiguas que no tuvieron hasta la fecha ni un comentario. Son todos artículos míos publicados en la prensa hace bastante tiempo. Esta vez no os digo de qué van, aunque uno de ellos ya se ve que va a tratar de Emilio Prados. Demasiado obvio el título del artículo.


¡¡¡BOICOTEEMOS EL FÚTBOL!!!

8 de julio de 2012

¡¡¡BOICOT AL FÚTBOL!!! (V)



Las noticias del fútbol ocupan muchísimo espacio y tiempo en los medios de comunicación. Las noticias sobre educación e investigación, poquísimo espacio, poquísimo tiempo, y cada vez menos espacio y tiempo en el futuro gracias a los recortes que los gobiernos aplican -por ignorancia supina- donde no hay que aplicar. El fútbol, sin embargo, sigue sin recortes; intactos, indemnes los señores futbolistas que no suponen nada para el bien de la Humanidad. ¡¡¡Boicot al fútbol!!!

7 de julio de 2012

¡¡¡BOICOT AL FÚTBOL!!! (IV)

Si el pueblo romano hubiese dado la espalda a los juegos circenses, habría habido en la historia más y mejores oportunidades de que ominosos emperadores hubiesen sido derrocados. ¡Boicot al fútbol!

5 de julio de 2012

¡¡¡BOICOT AL FÚTBOL!!! (III)


El poder promueve el fútbol, incluso las personas que tienen el poder lo vitorean con la misma pasión que la del hincha de la calle, o por lo menos con la misma pasión simulada. ¡Qué sintomático! Está claro que el fútbol interesa sobremanera al poder, porque el fútbol sirve al poder. ¿Por qué interesará tanto al poder el fútbol? ¿Pueden responder a esta pregunta los sojuzgados por el poder y a la vez por el fútbol?

¡¡¡BOICOT AL FÚTBOL!!! (II)


¡¡¡Exijamos para los futbolistas los sueldos de los mileuristas que están siendo víctimas de los recortes injustos!!! Me preguntarán ustedes... ¿pero cómo se puede exigir eso? Sencillo, no yendo al fútbol ni viendo el fútbol por televisión. ¡¡¡Boicot al fútbol!!!

¡¡¡BOICOT AL FÚTBOL!!! (I)



Para los futbolistas, las primas... y para los "primos" que los encumbran y los vitorean por sus pretendidas "hazañas"... nada, nada y nada de nada, salvo las primas de riesgo. ¡Serán primos los primos!

27 DE MARZO DE 2012



    TENEMOS PARA RATO


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En mis repasos sobre lo que he dado a conocer de mi creación en el blog, que ya sabéis viene siendo mi costumbre de un tiempo a esta parte lo de revisar y recuperar, toco hoy no un tema únicamente, sino una recopilación de entradas -antiguas ya- que consisten en artículos míos que ya se publicaron en la prensa mucho antes de que tuviera este rincón en internet. Os recomiendo que los leáis y opinéis. Os doy unas indicaciones o pistas generales sobre la temática de cada uno de los artículos, cuando el título no lo explicita lo suficiente, para que leáis el de vuestra preferencia. Si leéis más de uno, tanto mejor.
Hablo sobre los libros en La gran evasión. Me sitúo contra el poder, en A los que mandan. Arremeto contra los honores inmerecidos en Los papeles del mono. Reflexiono sobre el valor de la inteligencia y su relativa acogida en la sociedad en Will Hunting. Me burlo de los seres engreídos por causa de su escalafón profesional en Rangos. Sobre la consabida fidelidad de los animales que nos acompañan, escribí Hasta su vuelta. Esbozo unos apuntes sobre la vida de los opositores en We all live in a yellow... Trato de pintar un retrato de la gente callejera en De paso por el laberinto. Y, por fin, en Muerte de un hombre, apenas si menciono el nombre del escritor famoso que falleció y originó el artículo.Un post con el que tenemos para rato. Un post con nueve posts.

CONTRAPOETICAM ESTADÍSTICAMENTE HABLANDO

    Entradas y Comentarios


TINIEBLAS
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Ya está oscuro...
puedes pasar.

Pero antes de decir nada
o de comentar nada,
es mejor que pinches
en el ojo que te observa.

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ÚLTIMAS CONTRAENTRADAS

    Ocultar/Mostrar


    Acude como huésped a mi blog de Drácula, donde podrás ver mi diorama, hecho fundamentalmente con cartón...Haz click en las letras en llamas para internarte en mi Transilvania particular.Dracula de Omaha Beach Boy
    No entres en mi blog de Drácula si te asustan las sombras... Dracula de Omaha Beach Boy

"Los círculos literarios se han estado cargando la poesía desde el principio de los tiempos. Un círculo literario no es más que una agrupación de gente mediocre que sólo cree que se engrandece con la asociación con otros mediocres."

(Fermín Gámez)

"Mucho más importante que la poesía es la honestidad con uno mismo. Hay muchos que han llegado donde están a través de la adulación a otros y de usar ardides que no son dignos de mencionar en un blog como éste.

El resultado de no ser honesto con uno mismo no es una obra poética digna. Publicar como resultado de la adulación a otros no puede ser nunca fruto del arte, sino de la artimaña.

Y al final, la adulación desaparece. Y la obra del memo que creyó en la adulación como camino para llegar a la cumbre, desaparece en el merecido limo del olvido."

(Fermín Gámez)


    LO QUE EL PERRO LE DIJO AL POETA Y LO QUE EL POETA LE DIJO AL PERRO

ACABABA DE EMPEZAR UN BLOG...

"Acababa de empezar un blog. Pero no pudo escribir ni una sola línea. Así que dejó la primera entrada en blanco y no siguió con el blog. ¡Albricias! ¡Entendió, pues, que con ello había aportado más a la comunidad que con infinidad de entradas chorras! A las personas que comprenden el infinito valor del silencio habría que erigirles un monumento."

(Fermín Gámez)
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ENIGMA CANINO

Enigma canino es un texto escrito por Fermín Gámez. ********
Nunca sabremos por qué
está el perro ahí.
********
Justo en el medio,
entre una colilla y una hoja caída.
********
Ni siquiera mira
a quien lo fotografía.
********
Propietario silencioso
de su huequecito en la acera.
********
(Fermín Gámez)

¿TOMAN USTEDES PRECAUCIONES A LA HORA DE ESCRIBIR?


      Yo sí. Sobre todo procuro -antes que nada- que el lápiz tenga la suficiente fuerza para transmitir algo al papel. Los lápices demasiado flácidos no lo consiguen. Mucho se ha escrito por los psicólogos respecto de la impotencia de los lapiceros. De hecho, son los lápices demasiado blandos los máximos exponentes de lo que se elabora y cuece en los círculos literarios. Si el papel se encuentra en época de ovulación, es necesario usar un buen
    guante-preservativo, para que la poesía no se quede preñada en un mal momento. Abogo por una reflexiva planificación poética.


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NUBE BORRASCOSA DE TAGS

BÁRTULOS NECESARIOS PARA LEER HISTORIAS DE FANTASMAS


      Si habéis leído alguna vez un cuento de fantasmas a la luz de un flexo, a la luz de la lámpara del salón o en el entorno de una luz fluorescente, no sabéis lo que os perdéis. Estáis contraviniendo todas las virtudes del género con una asepsia propia de nuestros tiempos pero contraria a la materia -o mejor dicho, al ectoplasma- que nos ocupa. Cuando yo quiero leer a M. R. James o a Edith Wharton o a Henry James, me voy al sótano (algo raro porque vivo en una comunidad de vecinos, en un piso como otro cualquiera) Pero me voy al sótano, quiero decir. Me llevo mi velita y mi calavera, las mismas que veis en la foto, porque la foto la he realizado yo con todos esos objetos que son míos -como siempre sucede en mi blog- y por supuesto mis viejos libros de fantasmas, libros agotados por el paso de los años, libros envejecidos como el aliento tenebroso de los muertos. Tengo que rodearme de oscuridad y sólo disponer de la suficiente luz, parpadeante luz de la vela, para adentrarme por los recovecos de la historia. Sólo así vienen los fantasmas que quiero. Los fantasmas que logran decirme algo. Yo les ofrezco algo de mi pavor, y ellos a cambio me revelan pequeños retazos de la eternidad.

16 de marzo de 2012

¿VAS A DESAPROVECHAR LA OCASIÓN DE NO TENER UN BLOG?


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    ¿Vas a desaprovechar la ocasión de NO tener un blog? Porque es una ocasión única de verdad en nuestro mundo. Una oportunidad que no se puede dejar pasar así como así. Casi hay tantos blogs ya como gente que respira. Es de lo más común. Hasta vulgar, como conducir un coche o tomarse un café. No es "in" tener un blog, ni chachi, ni mola. No te otorga la más mínima "categoría". No se puede uno dar ya pote de tenerlo. Hoy lo difícil es no llevar un blog. Lo difícil es desembarazarse del absurdo de tener un blog. No creo que me equivoque si digo que el arte está más cerca de no tener un blog que de tenerlo. Carecer de blog lo aleja a uno de la mediocridad más absoluta. En cambio, tener un blog hoy día es como no haberse caído del guindo todavía. Y el caso es que aún estás a tiempo. Puedes dejar de escribir en él, cerrarlo, incluso borrarlo y de ese modo habrás creado tu mayor obra de arte, la hazaña que de verdad te distinguirá de la masa. ¿Qué? ¿No te resulta tentador salirte de la tangente, desobedecer los dictados de las modas? ¿No es mejor una única victoria del silencio que millones de escaramuzas del ruido?


    (Fermín Gámez)



14 de octubre de 2011

LAS TELENOVELAS Y LA "POESÍA"

¿Han visto ustedes alguna vez una telenovela hispanoamericana? (Pregunta retórica, que conste) Es algo que excede mi capacidad de aguante, y esto no tiene nada de retórico. No las soporto en ningún sentido. De todos modos, el otro día, viendo por casualidad o por desgracia la cabecera de una de ellas, me pareció darme de bruces con la misma estética de los malos blogs de poesía que emponzoñan de mal gusto internet. ¡Era el mismo estilo!. ¡Las mismas supuestas concepciones del amor!. Desde el insoportable color rosa a los sentimientos que se supone que estos culebrones quieren desarrollar y exponer. Patético. Más que patético.

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LA PATALETA DE MI AMIGA

26 de agosto de 2011

LA PATALETA DE MI AMIGA

Una vez, hace mucho tiempo, tuve una amiga. En la época de mi bachillerato. Era una buena amiga, o al menos así lo creía yo. En nuestras conversaciones me comentó que escribía poesía. Me interesé por sus escritos. Dada la personalidad de mi amiga y su madurez en muchos aspectos de la vida -de hecho era unos años mayor que yo- me imaginé que me encontraría con creaciones de algún modo dignas de tener en cuenta. No fue así. Me decepcionó lo que leí de ella. Y mi error fue decírselo, aunque fuera a su requerimiento. Con todo tacto le hice un comentario en el sentido de que lo que estaba escribiendo respondía más a tópicos, con frases trilladas, que a un buen poema. Y añadí que podía mejorar mucho si se empeñaba en ello. Mi intención fue en todo momento ayudarle, porque creo que ella lo merecía. Al principio no pareció afectarle. De hecho, incluso me dio la sensación de que encajó la crítica de buen grado. Pero días más tarde, llegó mi amiga a mi casa con su madre. Su madre me pedía explicaciones acerca de lo que yo le había dicho a su hija para ponerla como la puse. Sí, tal como lo estoy escribiendo sucedió. Ya lo de la madre se me antojaba muy fuerte. Así que fui intentando deshacer como pude -sin tener ninguna necesidad de ello- lo que aquellas dos consideraban una especie de agravio. Lo sentí mucho por ella. Porque era una persona llena de capacidad para escribir, no específicamente en el terreno de los sentimientos, que como digo responden siempre a otra cosa que no es en realidad poesía, sino en el de las palabras y en su uso. Tenía muchas posibilidades de decir algo llegado el caso. Hace años que no sé de ella, es obvio. Seguramente hoy tendrá un blog con un pseudónimo y publicará cosas ahí. Cosas como las que me dio a leer. Internet, ya lo he dicho antes, permite este tipo de cosas.
Aquel episodio me hizo comprender, ya desde mis tiempos de bachillerato, que con pataletas nunca se suele escribir nada bueno en literatura. Y que las pataletas son eso, simples pataletas. Propias de los pequeños, de los que no tienen madurez. Si no se dejan atrás ese tipo de arrebatos provocados por el orgullo y la autoestima mal entendidos, no se puede llegar al estado de reflexión que todo intento de escribir poesía exige.
Desde entonces no he vuelto a decirle a nadie, con nombre y apellidos, nada acerca de su obra, si tal obra me parecía poco interesante o pobre. Lo he hecho generalizando. Quizá porque así nadie se da por aludido en especial y porque dichos sujetos de tal manera pueden extraer enseñanzas de una mala crítica que no se dirige o focaliza sobre un individuo en concreto.
Los que sufren pataletas, en el fondo, se señalan a sí mismos. Se ridiculizan a sí mismos. Ellos mismos se ponen en evidencia y se definen claramente con sus exabruptos. ¿No creen ustedes que las pataletas y los berrinches son más propios de la ignorancia que de eso que se suele llamar el sentido común? Yo creo que sí.



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